22/3/15

Los dioses lloran


Mi primer perrito y el único, Hachiko. Ya no estás, pero donde quiera que estés sé que me estarás esperando. Te quiero y siempre te querré.


Elegía en la muerte de un perro
de Miguel de Unamuno

La quietud sujetó con recia mano 
al pobre perro inquieto, 
y para siempre 
fiel se acostó en su madre 
piadosa tierra. 

Sus ojos mansos 
no clavará en los míos 
con la tristeza de faltarle el habla; 
no lamerá mi mano 
ni en mi regazo su cabeza fina 
reposará. 

Y ahora, ¿en qué sueñas? 
¿dónde se fue tu espíritu sumiso? 
¿no hay otro mundo 
en que revivas tú, mi pobre bestia, 
y encima de los cielos 
te pasees brincando al lado mío? 

¡El otro mundo! 
¡Otro… otro y no éste! 
Un mundo sin el perro, 
sin las montañas blandas, 
sin los serenos ríos 
a que flanquean los serenos árboles, 
sin pájaros ni flores, 
sin perros, sin caballos, 
sin bueyes que aran… 

¡El otro mundo! 
¡Mundo de los espíritus! 
Pero allí ¿no tendremos 
en torno de nuestra alma 
las almas de las cosas de que vive, 
el alma de los campos, 
las almas de las rocas, 
las almas de los árboles y ríos, 
las de las bestias? 

Allá, en el otro mundo, 
tu alma, pobre perro, 
¿no habrá de recostar en mi regazo 
espiritual su espiritual cabeza? 
La lengua de tu alma, pobre amigo, 
¿no lamerá la mano de mi alma? 

¡El otro mundo! 
¡Otro… otro y no éste! 
¡Oh, ya no volverás, mi pobre perro, 
a sumergir los ojos 
en los ojos que fueron tu mandato; 
ve, la tierra te arranca 
de quien fue tu ideal, tu dios, tu gloria! 

Pero él, tu triste amo, 
¿te tendrá en la otra vida? 
¡El otro mundo!… 
¡El otro mundo es el del puro espíritu! 
¡Del espíritu puro! 
¡Oh, terrible pureza, 
inanidad, vacío! 

¿No volveré a encontrarte, manso amigo? 
¿Serás allí un recuerdo, 
recuerdo puro? 
Y este recuerdo 
¿no correrá a mis ojos? 
¿No saltará, blandiendo en alegría 
enhiesto el rabo? 
¿No lamerá la mano de mi espíritu? 
¿No mirará a mis ojos? 

Ese recuerdo, 
¿no serás tú, tú mismo, 
dueño de ti, viviendo vida eterna? 
Tus sueños, ¿qué se hicieron? 
¿Qué la piedad con que leal seguiste 
de mi voz el mandato? 

Yo fui tu religión, yo fui tu gloria; 
a Dios en mí soñaste; 
mis ojos fueron para ti ventana 
del otro mundo. 
¿Si supieras, mi perro, 
qué triste está tu dios, porque te has muerto? 

¡También tu dios se morirá algún día! 
Moriste con tus ojos 
en mis ojos clavados, 
tal vez buscando en éstos el misterio 
que te envolvía. 
Y tus pupilas tristes 
a espiar avezadas mis deseos, 
preguntar parecían: 
¿Adónde vamos, mi amo? 
¿Adónde vamos? 

El vivir con el hombre, pobre bestia, 
te ha dado acaso un anhelar oscuro 
que el lobo no conoce; 
¡tal vez cuando acostabas la cabeza 
en mi regazo 
vagamente soñabas en ser hombre 
después de muerto! 
¡Ser hombre, pobre bestia! 

Mira, mi pobre amigo, 
mi fiel creyente; 
al ver morir tus ojos que me miran, 
al ver cristalizarse tu mirada, 
antes fluida, 
yo también te pregunto: ¿adónde vamos? 

¡Ser hombre, pobre perro! 
Mira, tu hermano, 
ese otro pobre perro, 
junto a la tumba de su dios, tendido, 
aullando a los cielos, 
¡llama a la muerte! 

Tú has muerto en mansedumbre, 
tú con dulzura, 
entregándote a mí en la suprema 
sumisión de la vida; 
pero él, el que gime 
junto a la tumba de su dios, de su amo, 
ni morir sabe. 

Tú al morir presentías vagamente 
vivir en mi memoria, 
no morirte del todo, 
pero tu pobre hermano 
se ve ya muerto en vida, 
se ve perdido 
y aúlla al cielo suplicando muerte. 

Descansa en paz, mi pobre compañero, 
descansa en paz; más triste 
la suerte de tu dios que no la tuya. 
Los dioses lloran, 
los dioses lloran cuando muere el perro 
que les lamió las manos, 
que les miró a los ojos, 
y al mirarles así les preguntaba: 
¿adónde vamos? 

2 comentarios:

Holden dijo...

Lo siento mucho si se te ha muerto tu perrito. De verdad, una pena.

M a r í a dijo...

Muchas gracias, un abrazo enorme.